Llevo en el bolsillo un mando a distancia de la vida. El otro día me encontré a un hombre trajeado por la calle portando un maletín y, de buenas a primeras, me abordó. «Perdona, pero, ¿qué ocurre? Me gustaría ayudarte; pareces feliz, pero en el fondo se te ve triste, amargada… ¿Te ha pasado algo? ¿Puedo hacer algo por ti?» Y pensé: «¡Vaya, sí que ha evolucionado! La representación imaginaria de mi ego cada vez es más amable y sofisticada. Desde luego soy la persona más importante del mundo y por lo tanto es lógico, cuanto menos, que un desconocido decida ofrecerme su ayuda sin pedir absolutamente nada a cambio».

«La verdad, señor —contesté, aunque he de decir que nunca me dirijo así a nadie y si lo hice fue porque él era, en efecto, nadie― es que soy muy feliz, pero el resto parece empeñarse en que no sea así. A veces sólo quiero adelantar el tiempo para que llegue ese momento en el que se callen de una vez y dejar de escuchar sus bromas estúpidas, sus frases estúpidas, sus palabras estúpidas, sus voces estúpidas… A veces sólo quiero volver al pasado, al lugar más pacífico y tranquilo de mi vida y respirar, dejar escapar al fin un hondo suspiro por toda la eternidad. A veces, si le soy sincera, me gustaría que todo se apagara e irme sin decir adiós para luego, claro, poder encenderlo todo sólo cuando yo quisiera. Supongo que lo que intento decirle es que, a veces, me gustaría sentir que por fin tengo el control, ¿me comprende? Y no ser arrastrada por este caos de muchedumbre odiosa y detestable, por estas situaciones insoportables que me hastían hasta la médula. ¿Entiende, no? ¿Me entiende usted?» «Por supuesto, jovencita, es totalmente comprensible que te sientas así. De hecho, si no te apoyan, será su culpa por estúpidos y no tuya por cínica, tenlo por seguro. Déjame hacer algo por ti, ya que te lo mereces de sobra; tú y nadie más».

Entonces lo sacó de su maletín: un mando a distancia de la vida. Ahora mismo todo está en pausa. Eso te incluye a ti, claro. ¡Y qué alivio no tener que soportar vuestros gestos artificiales, vuestras falsas expresiones y vuestro esfuerzo por complacer hasta a quien no le importáis nada! Cansada, cansada, estoy muy cansada. Al fin voy a poder dormir todos los minutos, todas las horas, todos los días que me habéis robado después de vuestros «¿qué tal?» y «¿cómo estás?», que hasta las piedras saben que no tienen nada de real. Callaos, sí, callaos de una vez porque aunque así no estéis más guapos, parecéis más sinceros. Miraos ahora; ¡qué silencio, qué placer! Parece que al fin sois humanos, que habéis evolucionado. Así, muy quietecitos, dejando espacio vital entre vosotros y sin chocaros por la calle sin pedir luego perdón. Por un momento me habéis hecho creer que cuando le dé al botón y habléis de nuevo, lo haréis como personas civilizadas y no tendré que aguantar ya vuestros alaridos, más propios de bestias descerebradas. Ah, y por cierto, esas miradas que en este tiempo detenido parecen brillar con tanta intensidad, esas que lucen tan honestas y profundas… casi me trago que son de verdad.

Casi.

Y es que ahí aguarda, como siempre, un pozo negro hecho pupila. Ahí donde se esconde el miedo por lo que dirán, ahí donde resuena el eco de lo que nunca se pronuncia por temor a los demás. Lo sé, y lo admito; conozco bien ese lugar. Es donde todos nos hallamos inmersos, sin saber muy bien si nos han empujado o si nos hemos dejado caer por inconscientes.

Ojalá hubiera tenido un mando mágico entonces, para poder dar marcha atrás y no aventurarme así al Vacío.

Sí, imagino que habrá una salida, pero estoy cansada, cansada, muy cansada de buscarla. Así que a veces, aunque sea entre frase y frase, durante ese pestañeo de quien tengo enfrente o mientras empiezo a abrir la boca para contestar, me abandono a esta absurda ilusión efímera, a este sueño donde alguien extraordinario viene al rescate y me arroja la solución, como una cuerda a la que agarrarme. Es, quizá, lo único que aún consigue hacerme sentir que soy capaz de hacerlo, que tengo el control, que puedo escapar.

Y lo intento una vez más. Cojo aire y lleno al completo mis pulmones ya gastados, preparándolos para exhalar ese eterno suspiro que tanto ansío o, en última instancia y como plan B, salir volando de aquí cual globo de helio. Me dejo llevar por este sentimiento de irrealidad y siento las suelas de mis zapatos elevarse poco a poco. Nerviosa, me froto las palmas de las manos en el pantalón vaquero, en un desesperado intento de arrancar el vuelo. Noto que están sudadas y resbaladizas, y entonces me doy cuenta de que se me ha debido caer el mando, de que no puedo sujetarme a la cuerda, de que mis pies siguen en el suelo, y de que las únicas que finalmente escaparán de aquí serán, como siempre, esas cuatro palabras:

“Muy bien, ¿y tú?”

 

 

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