Sí, lo confesaré:

quiero anular El Contrato.

No te rías, te lo pido por favor.

Sé que es imposible, sé que no puedo,

mas siento culpa todo el rato.

Y no soy culpable, ¡no señor!

Lo sé; no hay excusa, no hay clemencia, no hay perdón.

Nadie está exento de firmar ese pacto

y comprometerse a cumplirlo

hasta que lance su último suspiro

―¿de alivio?―

por verse, al fin, libre de obligación.

¿Quién sabe cómo pasó?

Quizá fuera en un juicio,

quizá fue tinta y papel.

No creo que ya nadie recuerde

―fue hace mucho tiempo―

por qué hace lo que hace

o por qué vive sin ser.

Al fin y al cabo ese trato

lo firmas antes de nacer.

Antes de ser un embrión.

Antes de hablar o saber leer

para poder decir al menos «¿Esto qué es?

¡Exijo un abogado! ¡Es una ridiculez!»

Pero esa opción no la tuviste.

Nadie la tuvo. Yo no la tuve.

Y ahora tomamos esa taza de café

al ponernos cada mañana en pie.

«¡Buenos días!», saludamos al del tercero B.

Las comisuras con pegamento loctite

piden a gritos uno más fuerte,

hecho con algo que dure siempre,

hecho de lágrimas que nadie ve.

No sé si la dos, la nueve o la tres,

pero una cláusula habría, definitivamente,

que estipuló un «¿Cómo estás?» «Bien»

como la mayor ley a obedecer.

Oh, pero no me malentiendas, ya no es un deber,

como cuando tu padre y tu madre

te decían lo que no hacer a base de

«¿Qué se dice?» o «Eso no está bien, ¿eh?».

Ya no te espera una bofetada.

Nadie te obliga ahora a responder.

No, las palabras ya salen solas

y no sabes ni por qué.

Tú dices «No es culpa mía», y lo repites otra vez.

«¡Juro por Dios que no lo es! Es el contrato,

―dices para ti mismo―

¡que lo firmé antes de nacer!»