Desborda flaqueza,

destruye y empieza

lo que ha terminado.

Sostiene en sus manos

—orgullo, proeza—

su exquisita pieza

hecha mil pedazos

y casi ya muerta

entre grieta y grieta

—ruinosa, maltrecha—

¡Cuál es su sorpresa!

Pues lo había arreglado,

armado, pegado,

llorado y sudado;

mas no estaba nueva

—brillante, perfecta—

y ya había olvidado

si acaso había estado

alguna vez plena.

¿Había ya acabado

o sólo comienza?